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Este aventurero de 73 años navega en una ballena de metal de 18 metros por todo el Atlántico

Estoy parado en la orilla del lago en las tierras altas occidentales de Escocia viendo a un cachalote de 18 metros, con su enorme cola que se eleva desde la ladera de piedra y el brezo en el agua. Al acercarme, puedo ver la espuma pintada que forma su piel y los paneles de acero de 3/4 pulgadas que se curvan alrededor de su vientre. Es un barco, pero no se parece a ningún otro que hayas visto antes.

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Su creador, Tom McClean, está parado junto a mí. Nos estamos quedando con McClean en el centro de aventuras al aire libre en una orilla remota del Lago Nevis, cerca de la Isla de Skye, que lleva abierto por más de 40 años. Durante ese tiempo, McClean ha estado teniendo aventuras por su propia cuenta: este barco extraordinario es la última aventura de una vida dedicada a convertir los excesos de su imaginación en una tosca realidad.

“Soy un aventurero”, dijo. “Siempre me llegan nuevas ideas y tengo que andar de un lado a otro”.

Pero lo que más le interesa a McClean es el Océano Atlántico. En 1969, cuando era soldado en el Servicio Aéreo Espacial (SAS, por sus siglas en inglés), fue la primera persona en recorrer sola el Atlántico Norte desde Terranova hasta Irlanda, un viaje de más de 3,200 km, luchó durante 71 días contra tormentas monstruosas, olas del tamaño de casas, temperaturas heladas y una volcadura. Después de eso, volvió a cruzar el Atlántico solo otras cuatro veces, en barcos de diferentes tamaños y grados de excentricidad. En 1982, se llevó el récord por haber cruzado el Atlántico con el bote más pequeño, un yate de 3m llamado “Giltspur”. Cuando Bill Dunlop, un estadounidense, cruzó el océano con un bote 20 cm más pequeño ocho semanas después, McClean tomó una sierra, cortó 60 cm de su bote y volvió a romper el récord.

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En 1985, vivió 40 días solo en Rockall, un pilar de granito que sale del Atlántico a unos 300 km al este de las Islas Hébridas, en un intento (poco fructífero) de ganar la disputa territorial en la isleta a favor de Inglaterra. Años después, a la edad de 44 años, rompió el récord por haber cruzado el Atlántico más rápido, en tan sólo 50 días. Después, en su búsqueda de patrocinio para regresar al océano, cruzó el Atlántico desde Nueva York en un bote en forma de botella de cerveza. Su patrocinador, por más extraño que suene, fue Typhoo Tea.

Su proyecto más reciente es Moby, un bote de 65 toneladas que tiene el tamaño y la forma de un cachalote, con boca y ojos pintados y un espiráculo que dispara agua al aire. Y planea cruzar el Atlántico una vez más: “Puse mucho esfuerzo en este proyecto”, dijo. “Muchos tienen sueños dorados y, claro, se les acaba el dinero y se quedan sin hacerlos realidad. Pero nosotros seguimos. Ahora lo único que queremos es hacer un buen uso de él”.

El bote en forma de ballena fue un sueño que surgió cuando regresó de su aventura en la década de los 90 y no podía dejar de pensar en regresar al océano. “Moby” era el apodo de McClean en el ejército porque se la pasaba hablando incansablemente.

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McClean hizo el diseñó su bote él mismo después de que el ingeniero naval al que acudió para dibujar los planos le dijo que estaba loco. Al final construyó el bote en un patio de fabricación. “¿Para qué ir con un constructor de barcos si te va a cobrar diez veces el precio real?”, dijo alegremente.

Desde su exitoso viaje inaugural alrededor de la costa británica a finales de la década de los 90, Moby ha estado varado en las tierras altas occidentales de Escocia. La visión de McClean para darle vida una vez más se basa en la energía limpia: reemplazar los motores de diesel “confiables pero ruidosos y apestosos” que impulsan al bote ballena con motores eléctricos para crear un vehículo de publicidad para una campaña ambiental sin carbono. “El bote ya no tiene sus motores antiguos de diesel que hacían mucho ruido. Me deshice de ellos y ahora la ballena es un ejemplo para todos los botes. Me encanta la idea de que se involucren las empresas para salvar el planeta y hacer el bien”. Espera que una ONG como Greenpeace, o una empresa de energía renovable, respalde el proyecto.

Es sorprendente que McClean no sea famoso todavía, sobre todo en un país que admira tanto a los marineros y a los exploradores. La audacia de sus logros está al mismo nivel que las hazañas de Sir Ranulph Fiennes, compañero explorador y poseedor del récord de resistencia.

Pero cabe mencionar que las aventuras ya no son como antes. Los avances científicos y tecnológicos han reducido las oportunidades para los Ernest Shackletons y las Amelia Earharts actuales. Salir en busca de aventuras es lo de hoy: Grylls, Cracknell, Fogle, Mears y otros repiten con curiosidad las rutas de los héroes victorianos de los libros para niños de G. A. Henty, sin embargo, su popularidad es en gran medida desde la comodidad de la sala . Las selvas, las montañas y las ciudades exóticas del mundo se han convertido en destinos vacacionales que están al alcance de cualquier persona con una módica cantidad de dinero para gastar. Hasta el Everest se ha convertido en una trampa para turistas llena de basura. Vivimos en tiempos poco heroicos.

Si alguien me tacha de pretencioso o de loco, lo tomo como un cumplido.

Ahora, remar en el océano es un deporte. Hay una carrera anual para cruzar el Atlántico con 30 botes de remos participantes, todos equipados con navegación GPS, radio, paneles solares y teléfonos satelitales. Y aún así es un gran reto pero le falta mucho para llegar al nivel de los aventureros como McClean, que jugó un rol muy importante al mostrarnos que cualidades humanas que se adquieren por medio de la adversidad, la dificultad y el riesgo; virtudes que están en peligro en la era de la tecnología.

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McClean me da un recorrido por el barco y se apresura a la cola de Moby. A pesar de que mide apenas 1.70, da la impresión de tener una gran fuerza física y vitalidad. Tiene 73 años de edad pero las mismas ganas de aventura que un niño de siete años.

Cuando nos sentamos en la casa de piedra que construyó para él, le pregunto cómo reunió la fuerza para lograr todos los retos que se impuso. “No es como que te aprietes los dientes y digas ‘No me pienso rendir'”, explicó. “Está en tu cuerpo. En tu ser. No creo que sea posible entrenar para eso, y todo viene de cuando estaba en el orfanato”.

Nacido fuera del matrimonio en Irlanda durante la Segunda Guerra Mundial, McClean entró a un programa de cuidado temporal en Dublín y después, en 1947, lo llevaron a un orfanato inglés en Northamptonshire. Fegan era una institución dickensiana de esas que ya no existen: cientos de niños, cada uno con su número; clases diarias sobre la Biblia, atole de arroz, etcétera. Las peleas entre compañeros eran una forma de vida, igual que las palizas que recibía McClean por parte de los adultos a su cargo. Según escribe en su autobiografía Rough Passage, su llegada al orfanato a los tres años de edad fue “el comienzo de casi 12 años de una lucha constante por sobrevivir”.

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“Los empleados me agarraban de la nariz y me metían cartílagos por la boca”, explicó. “Yo les mordía los dedos y ellos sacaban una vara, me golpeaban y decían ‘¡Vas a llorar!’ y yo respondía ‘¡Ni madres que voy a llorar!’. Bueno, en ese entonces no decía groserías. No las conocía”.

Pero no se escucha resentimiento en su voz. Habla de su tiempo en el orfanato con una sonrisa irónica y asegura que esa experiencia lo hizo ser más terco. “De ahí viene”, dijo con seguridad. “Me pueden cortar la cabeza y aún así no me voy a rendir”.

Habría sido un trauma para cualquiera, en especial un niño pequeño sin padres. “Cualquiera perdería la cabeza”, dijo. “Y se preguntaría ‘¿por qué a mí?’. Pero en mi caso no fue así. No digo que soy mejor ni nada por el estilo. Sólo lo pude soportar. A fin de cuentas, cada quién es diferente.

McClean dejó el orfanato a los 15 años y se fue a trabajar en granjas y obras de construcción. Después se unió al ejército. Se enlistó en el regimiento de paracaidistas y en poco tiempo ya estaba en la selva de Borneo luchando contra los comunistas indonesios. “Hacíamos patrullajes de cuatro hombres, recorríamos la frontera y hacíamos 20 cuadrículas para asegúranos de que no había alguien a quién disparar”.

Se adaptó rápido a su ambiente. Casi al final de la misión le dio un ataque de amigdalitis y tuvo que quedarse como enlace en un pueblo local, donde aprendió a cazar monos con la tribu local usando una cerbatana que ahora se encuentra en un rincón de la sala. “Disfruté Borneo”, dijo. “Tomaba lo mismo que ellos. Comía arroz, aves y cosas fermentadas en una olla gigante. Después pasabas la olla y terminabas bien pedo”.

Después de recorrer Adén y Malasia, regresó al Reino Unido para probar la vida de civil. Pero no pasó mucho tiempo antes de que volviera a anhelar un poco de acción. Unos meses más tarde, condujo a la base del servicio aéreo especial en Hereford, Inglaterra, en su furgoneta y pidió entrar al entrenamiento.

Los que sirvieron en “El regimiento”, como le dicen los ex miembros como McClean, son personas motivadas y autosuficientes capaces de sobrevivir solas en los entornos más hostiles. También son asesinos eficientes. El entrenamiento es brutal. Consiste en marchas agotadoras por las montañas de Brecon Beacons en Gales del Sur, ejercicios de supervivencia en solitario que duran semanas y una sección muy desagradable para hacerte resistente a los interrogatorios.

“Sí, es duro, pero cuando eres joven, estás en perfecta forma”, dijo como si nada. “Es como estar un el mar una semana sí, una semana no, un mes sí, un mes no, sin radio y sin ruido. ¿Alguna vez me rendí? No. No quería. No me sentía presionado. No sé por qué soy así. Sólo confío en que quiero hacerlo y lo voy a lograr. De cierta forma, es tranquilizante”.

De los 105 candidatos que empezaron el entrenamiento, sólo McClean y otros dos lo pasaron.

“No siempre el tipo más grande y rudo es el primero en cruzar la meta”, señaló. “Lo importante es la actitud, lo que lo motiva. De esa forma, cuando esté atrapado por semanas, acostado y sin poder hacer nada, no tiene por qué ponerse nervioso, sólo debe esperar el momento indicado”.

McClean es como un maestro zen. Cuando los atletas que quieren ir a remar en el mar le llaman por teléfono para preguntarle qué se necesita, les responde con una sola pregunta: ¿Estarían dispuestos a sentarse en una alacena por tres días seguidos?

Primero decidió recorrer el Atlántico solo después de leer un artículo en el periódico en Borneo sobre hombres que conoció en el regimiento de paracaidistas que planeaban cruzar el Atlántico, John Ridgway y Chay Blyth. Cruzar remando el Atlántico era una de las pocas aventuras que quedaban por realizar en el momento. Y era muy arriesgado. Ese mismo verano del año 1966, dos periodistas británicos, David Johnstone y John Hoare, fallecieron en el intento después de que su embarcación encalló en una tormenta y quedaron varados tres meses en el mar.

Pero eso no hizo desistir a McClean. “Pensé ‘Me gusta esa idea. Creo que podría hacerlo’. Sabía que tenía una ventaja por mi forma de ser y tenía que aprovecharla”. McClean tenía 26 años cuando partió en su lancha el 17 de mayo el 1969. Hasta ese momento, nadie había podido cruzar remando el océano. McClean nunca había remado en mar abierto y no sabía nada de navegación oceánica. Cuando decidió emprender ese viaje, la única experiencia que tenía remando era un par de tardes en el Lago Serpentine, en el Hyde Park de Londres.

Aunque ningún entrenamiento lo podía preparar para lo que le esperaba. En su biografía relata la molestia incesante, la incertidumbre y el aislamiento que experimentó en esta travesía. Todo estaba húmedo, todo el tiempo. Algunas noches, lo único que impedía que se ahogara era sacar toda el agua que estaba en el bote. También lo perseguían tiburones muy seguido. Remó sobre una banca de madera por casi dos meses y medio.

¿No le daba miedo morir en el mar? “Lo importante es qué tan bueno es tu bote. Si tu bote es capaz de mantenerse a flote, entonces no te vas a morir. Bueno, es posible que te quedes sin comida y no pesques nada, así sí es posible que mueras. Pero creo que yo estaba 100 por ciento seguro”.

Aunque parte de la aventura estaba totalmente fuera de sus manos. Un año antes, un hombre llamado John Fairfax dio a conocer que también planeaba ser la primera persona en cruzar remando sola el Atlántico. “Era un tipo agradable y muy aventado”, reflexionó McClean. “Más aventado que yo. Igual y hasta más loco”.

Es posible que Fairfax haya sido uno de los personajes más extremos que tomó un par de remos. Fairfax era un jugador compulsivo que pasaba todo el día jugando bacará en los casinos de Las Vegas, creció en Argentina con su madre búlgara, vivió en la selva por unos meses cuando era adolescente y regresó a Buenos Aires a vender pieles de jaguar. Más tarde, después de gastar casi diez mil dólares de herencia en un viaje por todo Estados Unidos con una prostituta china, por tres años dirigió un barco que se dedicaba al contrabando de armas, whiskey y cigarros en todo el mundo. Cuando intervinieron las autoridades, decidió mantener un perfil bajo como pescador en Jamaica. Después regresó a Inglaterra para hacer realidad su sueño de cruzar remando el Atlántico.

McClean con el “Giltspur”, el bote más pequeño que ha cruzado el Océano Atlántico, en 1982.

En 1968, McClean recibió una licencia sin goce de sueldo por parte del SAS, ambos hombres estaban haciendo preparativos. Fairfax quería partir en cuanto recibiera su bote ese invierno, así que optó por tomar la ruta de este a oeste desde las Islas Canarias hasta Florida. Eso significaba que tenía una ventaja de cuatro meses por encima de McClean, quien tomó la ruta más corta y más dura desde Terranova.

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Los dos hombres estuvieron en el mar al mismo tiempo por varios meses hasta que Fairfax llegó a Florida el 19 de julio de 1969. Justo un día después de que Neil Armstrong llegara a la Luna. Incluso entre la fanfarria del momento, la coincidencia no se perdió para los astronautas del Apolo, quienes escribieron una carta a Fairfax para felicitarlo por su hazaña y decir que eran “colegas exploradores”.

McClean tocó tierra en la bahía de Blacksod en Irlanda ocho días más tarde. A diferencia de su rival, McClean nunca subió a los barcos que se encontró ni recibió las provisiones que le ofrecieron. Logró cruzar la superficie del océano usando su pericia para sobrevivir, su disciplina militar y un asombroso nivel de determinación.

Fairfax dijo: “Busco una batalla con la naturaleza, primitiva y salvaje”. ¿Habrá sentido lo mismo? “Si saliera a vencer al Atlántico —no, no, ese enfoque está mal—. Es imposible vencer a la naturaleza. Terminarías ahogado en el mar. No, no. Me dejaría llevar. Me mecería con el viento. Si eres sutil, tienes más probabilidades de sobrevivir”.

Es imposible vencer a la naturaleza. Terminarías ahogado en el mar. Déjate llevar. Mécete con el viento. Es algo más sutil.

¿Cómo se sintió después de cruzar el océano por primera vez? “Oh, es todo. Lo es todo”, exclamó. “Lo peligroso era que si lo volvía a hacer, podría creerme bien chingón y hacerlo todo mal. Pero si aumentas la seguridad y te vuelves uno con…”, se apaga su voz. “Lo único que tienes es el cielo, el mar y el bote. Algunas herramientas. Tienes que conformarte con casi nada”.

Dado que ha sobrevivido en lo que la mayoría consideraríamos situaciones insoportables, ¿se siente diferente a la mayoría de la gente? “Sí. Pero todos somos especiales. Como todos somos diferentes, eso nos hace especiales. El punto es no ser creído. No me gusta presumir tanto”, dice riendo. “Si alguien me tacha de pretencioso o de loco, lo tomo como un cumplido. Me gusta. Conozco a mucha gente que me admira por todo lo que he hecho y sé que no estoy loco”.

A diferencia de muchos otros marineros británicos, aventureros y personas que han roto récords, McClean nunca ha recibido un honor oficial. Tal vez es demasiado excéntrico para eso. Para él, poder hacer lo que hizo es un honor. Es un patriota pero al mismo tiempo es un marginado que nunca ha jugado a ser una celebridad. Aún así, con gusto recibe grupos al Lago Nevis y ha dado pláticas motivadoras en todo el país.

Dice que su enfoque en la vida es “hacer y enmendar”, una forma precisa de describir su falta de pretensión y ausencia de interés en el exclusivo mundo de la navegación —de los que tienen yates—. No sé nada de barcos pero siempre encuentro la forma de hacer que el maldito bote se mueva”, dijo. “Y así he sobrevivido todo este tiempo”.

Ahora hizo un hogar en las Tierras Altas, construyó él mismo el centro de aventuras e hizo una vida de familia con su esposa Jill. A pesar de su éxito, por 20 años ganó dinero extra buscando almejas en el lago. “Soy muy feliz aquí”, señaló. Podría tener un departamento en Brighton o en cualquier otro lugar pero prefiero esto. Sería feliz en Brighton. Probablemente me la pasaría aporreando algo, pero no sé qué. Quizá pondría un negocio”.

¿Qué si tiene alguna aventura favorita? “La primera es la aventura más real porque nada te resulta familiar. Para mí, la aventura es adentrarte en lo desconocido”.

Horas después, al verlo parado frente a Moby posando para una fotografía, el bote en forma de ballena me parece una obra de arte y no la simple “idea de mercadotecnia” que dice McClean. Sus dimensiones míticas reflejan su propia vida. El sicólogo revolucionario Carl Jung vio la historia de Jonás y la ballena como una leyenda arquetípica ya que la historia de un individuo tragado por una criatura y luego escupido es recurrente en culturas y religiones de todo el mundo —ya sea con una ballena, un dragón o un lobo—. Llamó a esto el “Mito del viaje nocturno a través del mar”, que consiste en que el héroe experimenta un descenso a la oscuridad o la muerte temporal. Cuando sale con vida después de este encuentro con el poder de la naturaleza, está transformado y posee una integridad de la que carecía antes.

Las ballenas influyen mucho en la imaginación humana. Sólo hay que pensar en las multitudes que corrían a la orilla del río en Inglaterra cuando se enteraron que había una ballena varada en el Támesis en 2006, o el alcance que tuvo la novela Moby Dick de Herman Melville. Esto hace que sea una imagen potente para la campaña ambiental de McClean. Pero también es una representación alegórica de su propia vida: el niño huérfano que el Atlántico arrojó a una playa irlandesa. Un niño que vivió, como diría Jung, “La peligrosa aventura del viaje nocturno a través mar, cuyo fin y objetivo es la restauración de la vida, la resurrección y el triunfo sobre la muerte”. Ya sea o no un símbolo del viaje de McClean, Moby es su monumento al espíritu de la aventura.

Aunque claro, McClean no aceptaría que habláramos así de él. En un par de semanas, se va a ir de campamento con sus dos hijos y va a recorrer el Distrito de los Picos durante tres días en el frío y la humedad que les lance el invierno inglés. “Para mí, mientras más simple y directo, mejor”, señaló. “Me encanta la simplicidad. Nada complejo. Así soy feliz. Ellos van a subir la colina, van sintonizar Radio 4 y me van a dejar en paz para poder dormirme unas tres horas. Aunque digan ‘Qué aburrido es ir hasta allá sólo para dormir’. Pero me hace sentir bien. No sé. Me gusta”.

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